LEÓN XIV HABLA SOBRE LA DIGNIDAD DEL CUERPO HUMANO
El pasado miércoles 9 de septiembre, en su audiencia general en la Plaza de San Pedro, el papa León XIV, en el contexto de su catequesis sobre la constitución pastoral "Gaudium et Spes" del Concilio Vaticano II y glosando los párrafos 12 a 22 del documento conciliar, relativos a la dignidad de la persona humana, entre otras cosas ha dedicado al cuerpo unas palabras que me parece interesante recoger aquí:
"Hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!
La Constitución conciliar Gaudium et spes (GS), al dedicar el primer capítulo a la dignidad de la persona humana, subraya que esta es base y condición de aquellos 'valores que hoy gozan de mayor estima', pero que necesitan no perder su relación con 'su fuente divina', para evitar las posibles distorsiones debidas a 'la corrupción del corazón humano' (GS, 11).
El camino que ha permitido poner de relieve los rasgos y los derechos fundamentales de la dignidad de la persona representa ciertamente una de las páginas más significativas de la historia humana. Sin embargo, el camino por recorrer no ha terminado y debe afrontar las contradicciones, antiguas y nuevas, que impiden su plena realización.
La Iglesia ofrece con claridad su contribución, recordando que la dignidad humana brota del ser mismo de la persona. He tenido ocasión de reiterarlo también en la reciente encíclica Magnifica humanitas: 'Toda persona es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación. Su dignidad no depende de las capacidades que posee, de las riquezas o del papel que desempeña, de las decisiones correctas o equivocadas que toma, sino que es un don que la precede y la supera, puesto por Dios como expresión de su amor que nunca falla' (n. 50). La infinita dignidad del ser humano, por tanto, está arraigada en su identidad de criatura hecha «“a imagen de Dios”, capaz de conocer y amar a su Creador», proyecto y don de amor que trasciende las demás realidades creadas, que han sido confiadas a su cuidado 'para gobernarlas y servirse de ellas para gloria de Dios' (GS, 12).
En la fe podemos comprender el fundamento último de la dignidad de la persona, ya que el Hijo, 'al revelar el misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación' (n. 22).
La persona implica siempre relación, comunión, participación respecto de Dios y de los demás; por tanto, una relación filial con Dios Padre y una relación fraterna con Cristo y con todos los hombres. Excluye los encierros autorreferenciales. Ser persona significa percibirse a uno mismo como un don para compartir, creciendo y madurando en la acogida, la reciprocidad y el servicio.
Esta dignidad está confiada a la responsabilidad de cada uno; al mismo tiempo, exige también solidaridad y cuidado recíproco, superando las numerosas falsificaciones y manipulaciones que todavía hoy desfiguran su percepción y obstaculizan su realización. En efecto, por las decisiones contrarias a su dignidad tomadas a lo largo de la historia, todavía hoy 'el hombre está dividido en sí mismo' y 'toda la vida humana, individual y colectiva, se presenta como una lucha dramática entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas'. Esta condición frágil y limitada, sin embargo, puede contemplarse con esperanza, porque 'el Señor mismo vino para liberar al hombre y darle fuerzas, renovándolo interiormente y expulsando al “príncipe de este mundo” (Jn 12,31), que lo retenía en la esclavitud del pecado' (GS, 13).
La Constitución Gaudium et spes, además, afirma que la dignidad humana concierne a la totalidad de la persona y, por ello, deben superarse las visiones dualistas: el ser humano es 'unidad de alma y cuerpo'. La reducción del cuerpo a 'objeto', del que disponer arbitrariamente, es siempre negación de la dignidad de la persona: 'no es lícito […] despreciar la vida corporal del hombre', y es necesario 'considerar bueno y digno de honor el propio cuerpo, precisamente porque ha sido creado por Dios y está destinado a la resurrección en el último día', vigilando para que no 'se haga esclavo de las perversas inclinaciones del corazón' (GS, 14), puesto que todos nosotros estamos heridos por el pecado.
Max Nonnenbruch (1857-1922)
Por último, tres son las expresiones más significativas de la dignidad de la persona que recuerda Gaudium et spes: la inteligencia, que hace del ser humano un buscador insaciable de la verdad (n. 15); la conciencia, mediante la cual da unidad y sentido a su propia vida (n. 16); la libertad, que lo convierte en protagonista responsable de sus propias decisiones (n. 17). Son dimensiones estrechamente relacionadas entre sí: es en la conciencia donde la verdad es reconocida como tal y la libertad puede experimentarla como su fundamento y posibilidad. El Espíritu Santo, que da vida en Cristo, nos hace libres y nos asegura constantemente nuestra dignidad de hijos de Dios, liberándonos del miedo y guiándonos hacia la meta última, esa vida en plenitud más allá de la muerte que Cristo nos ha prometido: solo en Él encuentra verdadera luz el misterio del hombre, de Él recibimos luz sobre el enigma del dolor y de la muerte y con Él vamos al encuentro de la resurrección.
Queridos hermanos y hermanas, creados a imagen de Dios, por medio de Cristo y en vista de Él, hemos recibido una dignidad única e indeleble. Comprometámonos a promoverla y defenderla siempre, con la luz y la fuerza del Evangelio".
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