ANÍMATE: TAMBIÉN ESE CUERPO TUYO PUEDE SER GLORIOSO
Aunque los gnósticos y, en general, los espiritualistas de
todas las épocas y tendencias -maniqueos, cátaros, etc.- concebían al ser humano como un espíritu temporalmente encerrado en la cárcel de un cuerpo vil, despreciable y caduco, desde sus primeros tiempos la Iglesia
Católica dejó bien claro en su Credo que para ella el cuerpo estaba también llamado a la resurrección -"Creo en la resurrección de la carne"-; y esto le otorgaba una dignidad que la Teología más reciente no ha hecho más que subrayar.
No se trataba de sostener simplemente la existencia de una vida ultraterrena -en la que, por ejemplo, no creían los saduceos contemporáneos de Jesús y no creen tantos contemporáneos nuestros-, sino algo más: la reconstitución de los cuerpos ya descompuestos y su reunificación con las respectivas almas. El Catecismo de la Iglesia Católica (997) lo recuerda: “Dios en su omnipotencia dará definitivamente a nuestros cuerpos la vida incorruptible uniéndolos a nuestras almas, por la virtud de la resurrección de Jesus”.
La reunión del alma y el cuerpo, dibujo de William Blake (1757-1827)
para ilustrar el poema de The Grave de Robert Blair (1808),
grabado por Luigi Schiavonetti (1765-1810)
¿Que es difícil de creer que, por ejemplo, el cuerpo de alguien que murió calcinado en un incendio o devorado por un tiburón pueda recomponerse como si nada? Pues claro que con los instrumentos de la razón es difícil de creer. Ya San Agustín observó (Enarratio in psalmos, 88, 2, 5) que “en ningún punto la Fe cristiana encuentra más contradicción que en la resurrección de la carne". Pero solo es difícil de creer sin la ayuda de la Fe, porque si se admite que Dios es todopoderoso, los obstáculos racionales se desvanecen de inmediato. Quien creó el universo, le dio unas reglas de funcionamiento y lo sostiene a lo largo de la Historia; quien en su Segunda Persona curó enfermos y resucitó muertos y Él mismo resucitó a los tres días de su muerte, no cabe duda de que puede obrar cualquier cosa. Dios, que es dueño del tiempo, puede hacer que cualquier acontecimiento retroceda como un vídeo en modo reverse y que los despojos materiales de cada uno de nosotros se recompongan y revivan en la resurrección.
Resucitado, nuestro cuerpo será el mismo que tuvimos en la vida terrena -verdad de Fe desde el IV Concilio
de Letrán (1215)-, pero, si hemos muerto en Gracia, “transfigurado en cuerpo de gloria", como afirma San Pablo en su Epístola a los filipenses 3, 21; “cuerpo glorioso”, según la expresión más común.
¿Cómo serán estos cuerpos nuestros una vez convertidos en gloriosos? Imposible imaginarlo con los pobres medios de que la naturaleza humana dispone. Quizá pueda ayudarnos un poco -solo un poco- considerar el aspecto que presentaba el cuerpo de Jesús en la Transfiguración: "Su rostro se puso resplandeciente como el sol, y sus vestidos blancos como la nieve" (Mt 17, 2), "Se transfiguró en presencia de ellos, de forma que sus vestidos aparecieron resplandecientes como la nieve, tan blancos que no hay lavandero en el mundo que así pudiese blanquearlos" (Mc 9, 2-3), "Apareció diversa la figura de su semblante, y su vestido se volvió blanco y refulgente" (Lc 9, 29). Su cuerpo era, como dice San Lucas, "diverso", pero el mismo, perfectamente reconocible.
También puede ayudarnos un poco considerar las cuatro características que la escolástica señalaba en los cuerpos
gloriosos. A saber:
Impasibilidad, es decir, exención de todo sufrimiento físico y y espiritual. En la Vida Eterna nuestro cuerpo no tendrá ni artrosis ni fibromialgia ni tos ni la más ligera sombra de depresión.
Penetrabilidad, o sea capacidad de atravesar cuerpos sólidos como
Jesús al salir del sepulcro cerrado o entrar en el cenáculo cruzando la pared. Claro que también es cierto que en aquel estado de felicidad absoluta a nadie va a interesarle fisgar en la vida de los demás.
Agilidad, que es el nombre que dieron a la capacidad de los miembros del cuerpo para secundar al espíritu en sus
movimientos instantáneos, como los de Jesús resucitado cuando aparece o desaparece de repente.
Y lo que llamaron claridad, que es la belleza y el esplendor que tendrán nuestros cuerpos. Permítaseme añadir que esto es un gran consuelo para quienes ahora mismo no somos precisamente modelos canónicos de belleza física. ¡Vamos a dar la sorpresa!
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