SANTA DESNUDEZ: SAN JERÓNIMO
San Jerónimo, Eusebius Hieronymus, nació
en Estridón, en la frontera de Dalmacia
y Panonia, entre 331 y 347. Aunque sus padres eran cristianos, no lo
bautizaron de niño. A los doce años va a Roma para estudiar allí Gramática,
Astronomía y Letras con Elio Donato, el más famoso gramático de su tiempo, que
era pagano. A su lado adquirió extraordinarios conocimientos de latín, griego y otras lenguas, y
se entusiasmó con los grandes autores latinos: Cicerón -al que admiraba
extraordinariamente y cuyo estilo trató de imitar-, Virgilio, Horacio, Tácito y Quintiliano, y también con
Homero y Platón. Hacia los
dieciséis años pidió el bautismo, que le administró el papa Liberio. Poco después viajó a las Galias y se instaló en Tréveris, donde continuó su formación.
Pasó un tiempo en una comunidad monástica, y cuando volvió de nuevo a sus
estudios tuvo un sueño que le movió a intensificar su piedad cristiana. A raíz
de esto abandona las letras profanas para dedicarse a profundizar en el conocimiento de
la Biblia, animado por Apolinar de Laodicea. Insatisfecho, decide retirarse al desierto de
la Tebaida siria, al suroeste de Antioquía, para allí entregarse a la oración, la penitencia, el
ayuno y las vigilias, en constante combate contra la lujuria, la ira y la
soberbia, que eran sus pasiones dominantes. En una de sus cartas dejó constancia de esa lucha:
"En el desierto salvaje y árido, quemado por un sol tan despiadado y abrasador que asusta hasta a los que han vivido allá toda la vida, mi imaginación hacía que me pareciera estar en medio de las fiestas mundanas de Roma. En aquel destierro al que por temor al infierno yo me condené voluntariamente, sin más compañía que los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginaba estar en los bailes de Roma contemplando a las bailarinas. Mi rostro estaba pálido por tanto ayunar, y sin embargo los malos deseos me atormentaban noche y día. Mi alimentación era miserable y desabrida, y cualquier alimento cocinado me habría parecido un manjar exquisito, y no obstante las tentaciones de la carne me seguían atormentando. Tenía el cuerpo frío por tanto aguantar hambre y sed, mi carne estaba seca y la piel casi se me pegaba a los huesos, pasaba las noches orando y haciendo penitencia y muchas veces estuve orando desde el anochecer hasta el amanecer, y aunque todo esto hacía, las pasiones seguían atacándome sin cesar. Hasta que al fin, sintiéndome impotente ante tan grandes enemigos, me arrodillé llorando ante Jesús crucificado, bañé con mis lágrimas sus pies clavados, y le supliqué que tuviera compasión de mí, y ayudándome el Señor con su poder y misericordia, pude resultar vencedor de tan espantosos ataques de los enemigos del alma. Y yo me pregunto: si esto sucedió a uno que estaba totalmente dedicado a la oración y a la penitencia, ¿qué no les sucederá a quienes viven dedicados a comer, beber, bailar y darle a su carne todos los gustos sensuales que pide?".
Al fin descubrió que su vocación no era aquélla. Así pues, regresó a Roma en el año 382. Allí fue ordenado sacerdote, con 40 años, y nombrado secretario papal para sustituir a San Ambrosio por enfermedad de éste. El papa Dámaso I, admirado de sus conocimientos y su dominio de las lenguas, le encarga que traduzca la Biblia completa, de la que hasta entonces circulaban versiones con errores y variantes; y en esta tarea descubre Jerónimo su verdadera vocación. Con su gran dominio del latín, pondría en esta lengua toda la Sagrada Escritura, en la traducción conocida como la Vulgata. En Roma su carácter fuerte le hizo chocar con muchos, de forma que, al morir San Dámaso (384), Jerónimo decide volver a la vida ascética, trasladándose para ello a Belén, donde el 385 funda un monasterio en el que pasaría el último tramo de su vida. Murió allí el 420.
Hay una abundante iconografía que lo representa en su faceta de estudioso y traductor; en su estudio, ante el pupitre, con la Biblia, sotana y capelo de cardenal, una cruz, una calavera y un león, recuerdo de su época del desierto, que le acompaña en su trabajo de traductor.
Otros artistas lo han mostrado en sus momentos de anacoreta, representándolo, lo mismo que a otros santos penitentes del desierto (por aquí ya han aparecido Santa María Egipciaca, San Onofre, San Macario y Santa María Magdalena), desnudo -más que por fidelidad a los hechos, por entender la desnudez corporal como un símbolo de la renuncia a los bienes mundanos-, si bien muy a menudo con un oportuno "paño de pureza". En la mayor parte de los casos aparece sosteniendo en la mano una piedra con la que se supone que se daba golpes en el pecho y en algunos casos con su capelo y su hábito de cardenal depositados cerca. Esto, a pesar de que Francisco Pacheco, en su Arte de la Pintura (Sevilla, 1649), advirtió sobre algunos errores comunes que debían evitarse al plasmar su imagen:
"Cuando se le pinta hiriéndose con una piedra en los pechos, no ha de ponérsele desnudo y descubierto, porque los Santos amaron mucho la honestidad, y no hay necesidad para que se golpee en el pecho ponerlo todo desnudo, porque basta descubrir aquella parte, dejando lo demás vestido de un saco como el mismo santo dice; y que no se le pinte viejo, porque cuando hizo penitencia en el desierto era de treinta años de edad. Y en cuanto a vestirlo de cardenal y poner el capelo, es imposible, por grande anacronismo, pues hasta el año 1254 no lo ordenó así este traje para los cardenales el papa Inocencio IV".
"En el desierto salvaje y árido, quemado por un sol tan despiadado y abrasador que asusta hasta a los que han vivido allá toda la vida, mi imaginación hacía que me pareciera estar en medio de las fiestas mundanas de Roma. En aquel destierro al que por temor al infierno yo me condené voluntariamente, sin más compañía que los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginaba estar en los bailes de Roma contemplando a las bailarinas. Mi rostro estaba pálido por tanto ayunar, y sin embargo los malos deseos me atormentaban noche y día. Mi alimentación era miserable y desabrida, y cualquier alimento cocinado me habría parecido un manjar exquisito, y no obstante las tentaciones de la carne me seguían atormentando. Tenía el cuerpo frío por tanto aguantar hambre y sed, mi carne estaba seca y la piel casi se me pegaba a los huesos, pasaba las noches orando y haciendo penitencia y muchas veces estuve orando desde el anochecer hasta el amanecer, y aunque todo esto hacía, las pasiones seguían atacándome sin cesar. Hasta que al fin, sintiéndome impotente ante tan grandes enemigos, me arrodillé llorando ante Jesús crucificado, bañé con mis lágrimas sus pies clavados, y le supliqué que tuviera compasión de mí, y ayudándome el Señor con su poder y misericordia, pude resultar vencedor de tan espantosos ataques de los enemigos del alma. Y yo me pregunto: si esto sucedió a uno que estaba totalmente dedicado a la oración y a la penitencia, ¿qué no les sucederá a quienes viven dedicados a comer, beber, bailar y darle a su carne todos los gustos sensuales que pide?".
Al fin descubrió que su vocación no era aquélla. Así pues, regresó a Roma en el año 382. Allí fue ordenado sacerdote, con 40 años, y nombrado secretario papal para sustituir a San Ambrosio por enfermedad de éste. El papa Dámaso I, admirado de sus conocimientos y su dominio de las lenguas, le encarga que traduzca la Biblia completa, de la que hasta entonces circulaban versiones con errores y variantes; y en esta tarea descubre Jerónimo su verdadera vocación. Con su gran dominio del latín, pondría en esta lengua toda la Sagrada Escritura, en la traducción conocida como la Vulgata. En Roma su carácter fuerte le hizo chocar con muchos, de forma que, al morir San Dámaso (384), Jerónimo decide volver a la vida ascética, trasladándose para ello a Belén, donde el 385 funda un monasterio en el que pasaría el último tramo de su vida. Murió allí el 420.
Hay una abundante iconografía que lo representa en su faceta de estudioso y traductor; en su estudio, ante el pupitre, con la Biblia, sotana y capelo de cardenal, una cruz, una calavera y un león, recuerdo de su época del desierto, que le acompaña en su trabajo de traductor.
Otros artistas lo han mostrado en sus momentos de anacoreta, representándolo, lo mismo que a otros santos penitentes del desierto (por aquí ya han aparecido Santa María Egipciaca, San Onofre, San Macario y Santa María Magdalena), desnudo -más que por fidelidad a los hechos, por entender la desnudez corporal como un símbolo de la renuncia a los bienes mundanos-, si bien muy a menudo con un oportuno "paño de pureza". En la mayor parte de los casos aparece sosteniendo en la mano una piedra con la que se supone que se daba golpes en el pecho y en algunos casos con su capelo y su hábito de cardenal depositados cerca. Esto, a pesar de que Francisco Pacheco, en su Arte de la Pintura (Sevilla, 1649), advirtió sobre algunos errores comunes que debían evitarse al plasmar su imagen:
"Cuando se le pinta hiriéndose con una piedra en los pechos, no ha de ponérsele desnudo y descubierto, porque los Santos amaron mucho la honestidad, y no hay necesidad para que se golpee en el pecho ponerlo todo desnudo, porque basta descubrir aquella parte, dejando lo demás vestido de un saco como el mismo santo dice; y que no se le pinte viejo, porque cuando hizo penitencia en el desierto era de treinta años de edad. Y en cuanto a vestirlo de cardenal y poner el capelo, es imposible, por grande anacronismo, pues hasta el año 1254 no lo ordenó así este traje para los cardenales el papa Inocencio IV".
Cosme Tura (s. XV)
Antonio Maria da Carpena, "Il Carpenino" (s. XVI), Museo Diocesano, La Spezia (Italia)
Seguidor de Luca Cambiasso (s. XVI)
Lucas Gassel (s. XVI)
Seguidor de Luca Cambiasso (s. XVI)
Lucas Gassel (s. XVI)
Anónimo sevillano (ca. 1530), retablo del Salvador, Sevilla
Jan Sanders van Hemessen (1543)
Lorenzo Lotto (1544)
Jan Sanders van Hemessen (1543)
Lorenzo Lotto (1544)
Lorenzo Lotto (1546), Museo del Prado, Madrid
Lorenzo Lotto (s. XVI)
Cosimo Boccardi (s. XVI)
Paolo Caliari, "Il Veronese" (s. XVI)
Anónimo flamenco (segunda mitad del s. XVI)
Girolamo Muziano (segunda mitad del s. XVI)
Lorenzo Lotto (s. XVI)
Cosimo Boccardi (s. XVI)
Paolo Caliari, "Il Veronese" (s. XVI)
Anónimo flamenco (segunda mitad del s. XVI)
Girolamo Muziano (segunda mitad del s. XVI)
Jacopo Negretti, "Palma el Joven" (ca. 1600)
Jacopo Negretti, "Palma el Joven" (s. XVI)
Hendrick Goltzius (s. XVI-XVII), grabado según Jacopo Negretti, "Palma el Joven"
Hendrick Goltzius (s. XVI-XVII), grabado según Jacopo Negretti, "Palma el Joven"
Escuela romana (ca. 1600)
Anónimo (ca. 1600)
Agostino Carracci (s. XVI-XVII)
Francesco Brizio (s. XVI-XVII), grabado según Agostino Carracci
Cornelis Galle (s. XVI-XVII), grabado según Agostino Carracci
Agostino Carracci (s. XVI-XVII)
Francesco Brizio (s. XVI-XVII), grabado según Agostino Carracci
Cornelis Galle (s. XVI-XVII), grabado según Agostino Carracci
Anónimo italiano (s. XVII), según Agostino Carracci
El Greco (ca. 1609)
Guido Cagnacci (s. XVII), Kunsthistorisches Museum, Viena
Pietro Testa (primera mitad del s. XVII)
Lubin Baugin (1630-1650)
Guido Cagnacci (s. XVII), Kunsthistorisches Museum, Viena
Pietro Testa (primera mitad del s. XVII)
Lubin Baugin (1630-1650)
Antonio Pereda (1640-1645)
Anónimo (s. XVII), iglesia de San Girolamo della Certosa, Bologna
Guido Reni (1635), Kunsthistorisches Museum, Viena
Gaspard Dughet (ca. 1638), Boston
Anónimo (s. XVII), iglesia de San Girolamo della Certosa, Bologna
Guido Reni (1635), Kunsthistorisches Museum, Viena
Gaspard Dughet (ca. 1638), Boston
José de Ribera, "El Españoleto" (1630-1640)
Anónimo, Europa oriental (s. XVII)
Antonio Carneo (s. XVII)
Anónimo italiano (s. XVII)
Nicolas Poussin (s. XVII)
(Pudiera ser también San Pablo, ermitaño)
Balthasar Griessmann, marfil (ca. 1675)
Medalla (s. XIX) ¿?, medalla tipo Hamerani
José Piquer y Duart (1844)
Kenyon Cox (1886)
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